Una mirada inocente desencadenó la tormenta.
Después de la tormenta viene la calma, me dijeron.
Entretanto, yo seguía perdida entre la extrañeza de los sentidos
la lluvia resbalando por mis brazos, mis manos, mis pechos...
subiendo y bajando, el sudor recorría mi cuerpo, una y otra vez.
Cualquier síntoma de tu aliento y olor me provocaba escalofríos.
Poco a poco, siendo cada vez más consciente de mi cuerpo,
mi piel respondía a un inefable deseo
y a medida que el sol se asomaba, el sudor aumentaba.
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