sábado, 30 de agosto de 2008

El hombre del tiempo

"El estallido de las olas está provocando un fuerte oleaje que está invadiendo la carretera", apuntaba un reportero en la primera cadena de televisión. Encendía la tele todos los días a la misma hora, justo cuando salía el hombre del tiempo, con su elegante traje de chaqueta y esa pose tan estudiada. Una vez más, las predicciones confirmaban que las lluvias no cesarían y que la velocidad del viento alcanzaría los 110 km/h. Ella se frotaba la cara, se preparaba un café y salía como casi siempre con su paraguas en el bolso. Antes nunca llevaba paraguas, hasta que un día fue sorprendida por una tormenta incesante y decidió comprarse uno de esos diminutos que encontró en una tienda del centro. El mal tiempo no la molestaba en absoluto, siempre y cuando la lluvia no alcanzara sus mejillas recién maquilladas. Efectivamente, apenas unos minutos después de que ella hubiese salido de casa, las nubes se volvieron cada vez más grises, la noche amenazó con salir y el día no pudo hacer otra cosa sino rendirse ante la implacable amenaza de un inmenso y hasta cruel oleaje de color negro que se apoderaba del cielo. Miró hacia arriba intentando buscar una explicación. No podía comprender de dónde salía tantísima agua. Se preguntaba que hacía allí. Hablaba consigo misma mientras se cubría con su paraguas de rayas azules, rojas y amarillas. De pronto, sintió una necesidad inminente de ver el mar. Anhelaba sumergirse en el océano de verdor indescriptible y nadar lejos, tan lejos como fuera necesario hasta encontrarse con él. En el mar podía sentir su presencia, podía abrazarle, escucharle y olvidarse de la dimensión entre el espacio y el tiempo. A veces, ansiaba con vehemencia elevarse hacia el cielo y caminar por la esfera azul, gris, negra o blanca, sin importar cuales serían las consecuencias. Lo cierto es que aquella mañana no le importaron las consecuencias si decidía no ir a trabajar. Así que sin pararse a pensarlo un instante se dio la vuelta, agarró su paraguas con fuerza y cogió el primer tren rumbo a su playa favorita. Durante el trayecto observaba a través de la ventana cómo los paisajes se iban sucediendo rápidamente, mientras que una extraña nostalgia y sensación de agobio le encogía el estómago. Procuraba buscar una explicación a aquel estallido de emociones que le quemaba la garganta, procuraba hacer que la razón hablara con ella y le explicara su versión. Necesitaba una respuesta.
Entonces llegó a la estación. Se puso de pie, respiró profundamente y abandonó el vagón para emprender sus pasos hacia aquella orilla mágica y desértica que podía atisbar desde lo alto de la montaña. Aquella playa, su playa, le transmitía una inefable fuente de emociones, que se deslizaban por el aire hasta penetrar en su blanca piel. Paz, calma, serenidad, naturaleza, belleza, amor…todo un cúmulo de energía positiva y enriquecedora iba poco a poco haciéndose dueño de su ser, de manera que sus facciones inexpresivas se tornaban más y más hermosas, pudiéndose entrever una mueca de alegría en su rostro.
Ya no llovía, incluso el sol se asomaba tímido entre un oleaje azul cuya semejanza con el algodón propiciaba una atmósfera cada vez más suave y delicada. Se sentó en la arena húmeda a la vez que iba recordando las palabras del hombre del tiempo. Lluvias incesantes, mareas violentas, se repetía para sí misma. La carretera en aquella playa quedaba muy lejos del mar, pero ¿qué había sido de la lluvia, a dónde habían ido a parar las olas enfadadas? ¿Tal vez sólo estuvieran pidiendo auxilio y un poco de compañía para aliviar la soledad? Entonces, como muchas otras veces, un impulso incontrolado la empujó a adentrarse en aguas desconocidas. Allí se encontró con él y todo volvió a ser como antes. Él era su razón, él era su respuesta. Jamás volvería a tener miedo. Nada importaba salvo que sabía que él siempre estaría con ella y la protegería a pesar de la tormenta y a pesar de la iniquidad. Se dieron un abrazo eterno mientras ella bebía su agua, hasta que la marea bajó tanto que él desapareció.

jueves, 21 de agosto de 2008

Don't be afraid that your life will end,
be afraid that it will never begin.